Algunas cosas que no sabías sobre el placebo (VIII): El poder de los marcapasos apagados

“Un estudio sueco fechado a finales de los años noventa mostró que una serie de pacientes con marcapasos instalados pero no encendidos habían mejorado de su afección cardiaca (aunque no habían mejorado tanto como para estar igual de bien que las personas que llevaban marcapasos encendidos, que quede claro). Más recientemente aún, un estudio de un tratamiento «angioplástico» de muy alta tecnología que incluía el uso de un gran catéter láser (todo con un pretendido aire de cientificidad) mostró que el tratamiento de pega era casi tan eficaz como el procedimiento real.”

Ben Goldacre, Mala Ciencia

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El “truco” legal para vender remedios sin eficacia ni vigilancia

Por Fernando Frías (El fondo del asunto)

Una de las cosas que, en un rapto de optimismo, habría que esperar de los políticos es que se dejasen guiar por la evidencia, al menos cuando resulta prácticamente incontrovertible. En la realidad que nos rodea hay muchas “zonas grises”, pero hay también datos que son palmarios: o los teléfonos móviles causan interferencias en los aparatos de medida de las gasolineras o no los causan (o provocan o no provocan incendios); o funciona realmente eso de la publicidad subliminal o no es más que una leyenda urbana.

Pero claro, los políticos no funcionan realmente así. De modo que tenemos que apagar el móvil al repostar combustible y los publicistas tienen prohibido recurrir a un método que, de todos modos, no funcionaría.

Y los remedios homeopáticos se venden en farmacias como si fueran medicamentos.

El régimen legal europeo sobre medicamentos, que empezó a gestarse en los años sesenta del pasado siglo, se basa en la evidencia científica: antes de poder sacar un producto al mercado, los laboratorios deben acreditar ante las autoridades sanitarias su seguridad y su eficacia. Y, a lo largo de la vida comercial del producto, los sistemas de farmacovigilancia se encargan de comprobar si las nuevas evidencias y los datos obtenidos por el uso del producto confirman o no esa seguridad y eficacia. Todos conocemos casos de medicamentos que han sido retirados del mercado por producir efectos adversos que pasaron inadvertidos durante la fase de evaluación previa a la autorización (generalmente porque afectan a un porcentaje tan pequeño de sus usuarios que no pudieron ser detectados en los estudios clínicos) o porque nuevas pruebas científicas han puesto en duda su eficacia. Y aunque no los lleguemos a conocer, son muchos más los casos de productos que ni siquiera llegan a salir al mercado, por no conseguir demostrar que realmente sirvan para algo.

Este sistema, sin embargo, dejaba fuera de juego a los productos homeopáticos. Por su proceso de elaboración, los productos homeopáticos contienen cantidades mínimas o, más frecuentemente, ni una sola molécula de principio activo, y como es lógico no han conseguido nunca demostrar una eficacia mayor que la de cualquier otro placebo. Sin embargo, aunque su participación en el mercado de los medicamentos es inferior a la que los propios homeópatas proclaman, sigue moviendo grandes sumas de dinero y resulta un sector económicamente importante, en especial en países tan influyentes como Francia o Alemania.

De modo que, en 1992, la Unión Europea aprobó una Directiva específica para la autorización como medicamentos de los productos homeopáticos, con una característica especial: permitía su aprobación a través de un procedimiento simplificado mediante el cual los fabricantes no tenían que demostrar la eficacia de sus “remedios”. Las excusas empleadas para aprobar esta excepción al régimen general de los medicamentos fueron la imposibilidad de aplicar los sistemas científicos de evaluación de la eficacia a unos tratamientos que, según los homeópatas, son altamente personalizados, y la necesidad de proteger a las grandes industrias homeopáticas. El primer argumento es falso (como decíamos, sí se han efectuado numerosas evaluaciones de eficacia de los productos homeopáticos; lo que pasa es que ninguno de ellos las ha superado), y además es contradictorio con el segundo: la idea de unos tratamientos absolutamente individualizados no parece compatible con la elaboración industrial y venta libre de los remedios.

En la actualidad las Directivas vigentes mantienen esa extraña singularidad en el tratamiento de los remedios homeopáticos, aún más llamativa si tenemos en cuenta que otras normas europeas exigen que las afirmaciones sobre las propiedades de cualquier otro tipo de producto sean debidamente acreditadas como veraces. Si usted tiene la ocurrencia de vender un chicle asegurando que permite hacer los globos más grandes se expone a multitud de sanciones si no lo demuestra debidamente, pero si vende unas bolitas de azúcar asegurando que se trata de un medicamento homeopático con propiedades sedantes nadie podrá decirle nada aunque en realidad no provoque ni un bostezo.

Y aunque su supuesto medicamento no esté autorizado: a pesar de ese régimen benévolo, a estas alturas las autoridades sanitarias españolas no han autorizado ni un solo producto homeopático, pero toleran su venta. Gracias a esta política de hacer la vista gorda nuestro mercado se ha llenado de productos que no podrían venderse legalmente ni siquiera acogiéndose al procedimiento simplificado, pero a los que les basta con poner en su etiqueta el letrerito de “medicamento homeopático” para lograr que las autoridades miren hacia otro lado.

Que es lo habitual en estos casos. Hace poco más de un año la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados pedía al Gobierno que reconociera oficialmente a la homeopatía como “acto médico”. Y por esas mismas fechas, el “Grupo de Terapias Naturales” formado por el Ministerio de Sanidad y las Consejerías de varias Comunidades Autónomas hizo entrega de su documento titulado “Análisis de situación de las terapias naturales”, en el que reconocían que la homeopatía no cuenta con evidencias científicas que avalen su eficacia. Como ven, no tenían ni que haberse molestado en redactarlo…

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La única defensa somos nosotros mismos

Dada la especialidad de Ben Goldacre, Mala ciencia se aproxima a la pseudociencia desde una perspectiva médica, arremetiendo contra la homeopatía, el nutricionismo, las curas milagro, el movimiento antivacunación, las malas prácticas de las empresas farmacéuticas, la estupidización de la cobertura informativa de los temas científicos y las alarmas sanitarias mediáticas (…) Y es que ante el continuo bombardeo de noticias tendenciosas y de dudosa credibilidad, la única defensa que tenemos somos nosotros mismos y nuestra capacidad para pensar con lógica.

Leer el resto de la reseña en Entomoblog, de Jesús Espí

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Pero… ¿qué han hecho las terapias milenarias durante todo este tiempo?

Por Javier Peláez (Irreductible)

Hace unas semanas organizamos en Tenerife el primer Escépticos en el Pub en el que el catedrático de farmacología Ricardo Borges Jurado impartió una interesante charla titulada: Terapias alternativas… ¿alternativas a qué?

Durante la conferencia, Ricardo se preocupó mucho de dejar claro en primer lugar cómo funciona la ciencia y qué la diferencia de las pseudociencias. Y en una de sus muchas gráficas soltó una frase realmente lapidaria: Realmente, ¿qué han curado las milagrosas terapias milenarias durante tantos y tantos años?… Deteneos un momento y pensad en una, una sola, enfermedad o dolencia que realmente hayan curado todas estas parafernalias místico-espirituales a lo largo de tantos milenios. Alguna enfermedad que hayan erradicado de la faz de la Tierra y puedan decir bien alto: “Esta terapia milenaria es la cura definitiva a…”

Y me pareció una buena reflexión. En estos últimos milenios el hombre ha inventado la imprenta, ha conseguido volar o incluso enviar sondas a los límites de nuestro sistema solar, y sin embargo, las medicinas tradicionales que ahora se han vuelto a poner de moda, siguen imperturbables (e igual de ineficaces) durante el mismo periodo de tiempo… algo falla.

Veámoslo gráficamente en dos ejemplos de medicinas milenarias como pueden ser las procedentes de la India y de China.


Estudiemos el espectacular incremento de la esperanza de vida en China en los últimos 50 años. Un asombroso aumento que ha llevado la esperanza media de vida de un recién nacido de los 46,6 años en la década de los años 60 hasta algo más de 73 años en la actualidad.

Coincidiendo con la apertura china a los tratamientos, técnicas, vacunas, antibióticos, condiciones sanitarias e higiénicas, centros hospitalarios… Avances que han llegado durante el pasado siglo y que han conseguido que en China se pase de vivir 46 años a vivir 73 años, en apenas 50 años

¿Pero qué demonios han estado haciendo las terapias milenarias allí durante tantos milenios y milenios? Acupuntura, Moxibustión, la canalización del Qi, y las decenas de paparruchas durante miles de años… ¿Qué han conseguido aparte de ver como la gente se moría en lo que ahora significa la mitad de su vida?

En la India tampoco es que las medicinas tradicionales hayan conseguido gran cosa durante tanto tiempo.


Campañas de vacunación, medicamentos, construcción de hospitales, trabajo duro de ONGs, mejora de las condiciones higiénicas… y el resultado en los últimos años salta a la vista: La esperanza media de vida ha saltado de los 42,4 años de 1960 a los 63,7 años (y subiendo) en nuestros tiempos.

Sólo por curiosidad, en España y sin haber tenido la “suerte” de contar con estas milagrosas terapias milenarias, no podemos quejarnos. Aunque viendo la gráfica uno no puede evitar llevarse las manos a la cabeza cuando alguien trata de importar esos inútiles tratamientos orientales tradicionales.

Por supuesto hay que añadir que este incremento de vida en los dos países que ha llegado de la mano de otro tipo de gráficas, en este caso descendentes, y con una importancia realmente destacable: El descenso de la mortalidad infantil.


Datos espectaculares que han llegado cuando la medicina, la verdadera medicina, y la ciencia han llegado a estos países y han dicho: Señora déjese de creencias irracionales, déjese de supecherías milenarias y déjese de terapias, acupunturas y demás payasadas… Vacune a su niño, cuide las condiciones higiénicas, mejore sus hábitos, vaya a un médico de verdad, con medicamentos de verdad.

Pero oiga, que estas terapias son milenarias y orientales y están muy de moda…

Sí, señora, lo que usted diga… pero, ¿qué han estado haciendo durante los últimos miles de años esas terapias?

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“Un libro realmente recomendable”

El libro [Mala Ciencia] es un estupendo aporte ante la avalancha de nuevos tratamientos, descubrimientos revolucionarios o suplementos mágicos que prometen cambiar nuestra vida y mejorar nuestra salud. Solo por eso merecería la pena. Pero, en el fondo, creo que no es el aspecto más importante del mismo. Su mejor parte son las explicaciones indicando que herramientas podemos utilizar para navegar en ese mar de información y no acabar ahogados. Conceptos como efecto placebo y los ensayos doble ciego o los ejemplos sobre la importancia de la estadística para intentar descubrir si un medicamento o tratamiento realmente son eficaces. (…) Realmente recomendable.

Leer el resto de la reseña de Mala Ciencia en Ciencia de Bolsillo.

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La Ciencia funciona muy mal como noticia

“Éste es el principal problema de los medios de comunicación cuando tratan de informar sobre las investigaciones académicas médicas en la actualidad: no pueden encajar estos pequeños pasos graduales (que, en su conjunto agregado, constituyen una considerable aportación a la salud en general) en el molde de las «curas milagro y peligros ocultos» anteriormente antes existentes.

Yo iría aún más allá y diría que la ciencia misma funciona muy mal como noticia: por su propia naturaleza, es un tema más propio de la sección de «reportajes» de un periódico, ya que, por lo general, no procede mediante avances súbitos y trascendentales. Progresa a través de temas y teorías que emergen gradualmente, respaldadas por un cúmulo de pruebas provenientes de una serie de disciplinas diferentes y que operan a diversos niveles explicativos distintos. Los medios, sin embargo, continúan obsesionados por los «nuevos avances».

Es perfectamente comprensible que los periódicos sientan que su trabajo consiste en escribir sobre las novedades. Pero cuando el resultado de un experimento constituye una noticia, es normal que lo sea por los mismos motivos por los que probablemente esté equivocado: porque es novedoso, inesperado y cambia lo que creíamos hasta ese momento, lo que significa que debe de tratarse de un dato en solitario o de una información aislada que se contradice con una gran cantidad de pruebas experimentales preexistentes.

(…) Sumadas todas ellas, estas noticias sobre «avances trascendentales» promueven la idea de que la ciencia (y, en el fondo, toda la visión empírica del mundo) se reduce a una serie de datos poco fundados, novedosos y altamente controvertidos, y a una sucesión de avances espectaculares. Eso refuerza, a su vez, una de las imágenes paródicas centrales que los titulados en humanidades tienen de la ciencia: además de ser un irrelevante pasatiempos para «cerebritos», la ciencia es provisional, variable, en constante proceso de revisión, como una moda pasajera. Los hallazgos científicos, según ese argumento, son, pues, perfectamente desechables.

Si bien eso es cierto en los lamentables márgenes de diversos campos de la investigación académica, conviene no olvidar que la explicación que dio Arquímedes de por qué las cosas flotan es la correcta desde hace más de dos milenios. Él también fue quien entendió por qué funcionan las palancas. Y la física newtoniana será probablemente para siempre la correcta para entender el comportamiento de las bolas de billar sobre un tablero. Pero, por lo que sea, esa impresión de variabilidad de la ciencia se ha infiltrado hasta en sus hipótesis y afirmaciones más centrales. Hoy todo puede ser cuestionado y desacreditado.”

Ben Goldacre, Mala Ciencia

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Mala ciencia en publicidad alimenticia

Por Miguel García (Recuerdos de Pandora)

En los últimos años, la competencia en los mercados de consumo ha crecido de una forma exagerada. Son muy pocas marcas las que tienen el beneplácito del pueblo a la hora de comprar independientemente del precio y la publicidad asociada. Por ello, la batalla por conseguir ventas se ha endurecido, llegando a traspasar de forma peligrosa lo ético y engañando en muchos casos al futuro comprador.

Uno de los casos más alarmante ha tenido lugar entre los productos alimenticios. En los años 60, lo que se buscaba era que un producto estuviera rico. Poco a poco la apertura hizo que la competencia creciera, haciendo necesario otras tácticas. Entonces empezaron a aparecer los productos sanos, por no contener nada dañino para el cuerpo.

Si bien en aquel momento todo comenzó a tambalearse por terreno fangoso, lo peor no llegó hasta que los productos alimenticios se comenzaron a convertir en productos curativos. Así, se podían leer frases como estas en productos comunes:

  • “Una sabrosa manera de cuidar tu colesterol”
  • “Cuida tus huesos”- “acción antioxidante”
  • “Con fibra lipoactiva”
  • “Salud integral”
  • “Para cuidar tu cuerpo”
  • “Restan grasa, suman salud”

Pero lo peor es que los productos seguían siendo los mismos. Posiblemente la gran mayoría de las personas sería consciente de que comiendo mantequilla nunca podría curar el colesterol, pero la gente tiene todo el derecho a creer que un producto tiene unos efectos cuando se anuncia de forma directa en envases y anuncios televisivos.

Por suerte, estas prácticas comenzaron a denunciarse, tal y como hizo la CEACCU hace unos años, pero aún estamos lejos de erradicarlo completamente. Todavía a día de hoy muchos alimentos están contenidos en envases que sin afirmar la curación inmediata, dejan escrito entre líneas que favorecen la vida saludable, lo que muchas veces es incierto, o difícil de comprobar.

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